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Un gran empresario

  Urquiza era, además de uno de los mejores estrategas de su tiempo, un gran empresario. En sus empresas llegó a tener muy avanzadas tecnologías para la época y entre otras cosas, invirtió en el desarrollo portuario y ferroviario.

 El Gral. Urquiza era propietario de varias estancias con numerosas cabezas de ganado, y un ejemplo del estanciero que se transforma en saladerista para industrializar la materia prima de sus estancias.

  Por Nicolás Stirparo

Antigua foto del muelle construido para facilitar la carga de los productos en los barcos.

Foto del proceso de salado efectuado en la empresa.

  Una de sus empresas mas importantes fue el saladero Santa Cándida. Las instalaciones estaban formadas por grandes galpones destinados a: grasería, salazón de carne, lavado y salazón de cuero, depósito de sal, depósito de grasa, tonelería y carpintería, curtiduría, grandes corrales, además de viviendas para empleados, cocina, panadería y pulpería.

  El saladero dio trabajo a más de 300 personas. Sus instalaciones estaban construidas sobre una barranca. Desde allí hasta el muelle se formaba una costa cenagosa cubierta de pastizales. Para facilitar el embarque de los productos, Urquiza contrató al arquitecto Juan Fossatti para la construcción de un ferrocarril interno. Para ello se trazó un puente de 153 mts. de largo por 4,50 de ancho, desde la barranca hasta el arroyo. En la parte de la barranca donde empezaba el muelle se construyó un muro, para evitar el peligro de desmoronamiento. En su construcción se utilizó madera dura como Urunday, lapacho y quebracho, y pinotea.

  Dicho muelle tenía unos 20 mts. de largo. Allí las vías se dividían para facilitar el paso de los vagones que se encuentran de frente  y al llegar a la barranca también lo hacía, hacia el interior del saladero.

  Un elemento muy importante para el funcionamiento de las maquinas de vapor era el agua, también para el lavadero de cueros y otras tareas. Pero el pozo ya construido no daba a basto para alimentar todos estos procesos. Existía la posibilidad de profundizar la excavación hasta superar la gruesa capa de tosca.

  La solución llegó con Guillermo Yule, quién estaba colocando un equipo de bombeo para proveer de agua a la ciudad de Concepción del Uruguay. La bomba extraía agua del río y se distribuía por medio de cañerías. Yule propuso su proyecto al Gral. Urquiza.

  Se adquirió en Buenos Aires una maquina de vapor y una bomba de pistón, con lo que el saladero, en 1860 ya contaba con tecnologías novedosas para la época, que fue la instalación de un ferrocarril interno y la abundante provisión de agua que aceleraron el trabajo del saladero.

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